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Brechas y desafíos en la implementación de la salud digital en demencias “DigiMental”

En las últimas décadas, el envejecimiento poblacional se ha convertido en una de las transformaciones más relevantes de nuestras sociedades. Vivimos más años, con mejores condiciones de salud, pero también con nuevos retos: cómo mantener la autonomía, cómo evitar la soledad no deseada y cómo sostener el bienestar emocional a lo largo del tiempo.

 

La Organización Mundial de la Salud define la salud como un estado de completo bienestar físico, mental y social. Desde esa perspectiva, el aumento de la esperanza de vida no es solo un logro, sino también una llamada a adaptar nuestros modelos de atención y nuestros vínculos comunitarios.

 

Hoy, la vejez ya no puede entenderse únicamente desde la pérdida, sino también desde la diversidad de trayectorias y capacidades. Sin embargo, persisten desigualdades importantes: las mujeres mayores, por ejemplo, viven más años, pero suelen hacerlo con peor salud y mayor carga de cuidados, lo que incrementa el riesgo de aislamiento y fatiga emocional.

 

En este escenario, la salud digital se presenta como una oportunidad para promover un envejecimiento saludable y participativo. Hablamos de tecnologías que van desde la teleasistencia o las videollamadas hasta herramientas de estimulación cognitiva o seguimiento remoto de la salud.

 

No obstante, estas soluciones deben implementarse con criterios de equidad, accesibilidad y respeto a la privacidad, evitando que la innovación tecnológica amplíe las brechas ya existentes.

 

Desde este punto de partida, se plantea una pregunta clave: ¿cómo pueden las herramientas digitales ayudar realmente sin incrementar las desigualdades existentes?

 

Con este propósito surge el proyecto DIGIMENTAL, impulsado por la Fundación de Neurociencias, que busca identificar las brechas y barreras que dificultan la implantación de la salud digital en demencias, proponer buenas prácticas y ofrecer una guía útil que permita trasladar la evidencia científica a la práctica cotidiana.

 

Proyecto DIGIMENTAL: hacia una salud digital inclusiva en demencias

 

Para alcanzar estos objetivos, el equipo de investigación desarrolló una metodología mixta, combinando técnicas cuantitativas y cualitativas que permitieron analizar la implantación de la salud digital desde una mirada amplia y multidimensional.

 

En primer lugar, se llevaron a cabo encuestas a 407 participantes, distribuidos entre personas mayores, familias y cuidadores, y profesionales del ámbito sociosanitario. Este enfoque permitió identificar percepciones, barreras y niveles de uso de las herramientas digitales en cada grupo.

 

En segundo lugar, se realizaron entrevistas a 15 expertos, procedentes de los ámbitos clínico, social y tecnológico, con el fin de profundizar en los factores que condicionan la adopción de la salud digital y en los requisitos éticos y prácticos de su implementación.

 

A continuación, se organizaron cuatro grupos focales integrados por mujeres y hombres mayores, profesionales y personas cuidadoras. Estas sesiones permitieron contrastar experiencias reales y recoger propuestas concretas desde la perspectiva de quienes viven el día a día del cuidado y la atención.

 

Finalmente, se efectuó una revisión documental de 26 planes y estrategias —tanto autonómicas como nacionales— vinculadas al envejecimiento, la atención a la dependencia y la salud digital, con el objetivo de analizar la coherencia entre las políticas existentes y las necesidades detectadas.

 

Todo el proceso se desarrolló bajo una perspectiva transversal, considerando variables de género, edad, ruralidad, migración y discapacidad sensorial, para garantizar una mirada inclusiva que reflejara la diversidad real de la población mayor en España.

 

Lo que revela la investigación

 

A partir del análisis de toda la información recopilada, se identificaron una serie de hallazgos que permiten comprender mejor cómo se está implantando la salud digital en el ámbito de las demencias y qué factores condicionan su éxito o su abandono.

 

En primer lugar, en relación con las personas mayores, se observó una alta motivación socioemocional hacia el uso de tecnologías, especialmente aquellas que les permiten mantener el contacto con familiares o amistades. Las videollamadas se consolidan como una herramienta clave para la conexión y la rutina diaria.

 

Sin embargo, a partir de los 70 años comienza a evidenciarse una brecha digital más marcada, y entre los 80 y 82 años se observa un punto de inflexión, donde aparecen con mayor frecuencia el miedo a cometer errores, la inseguridad ante lo desconocido y las limitaciones derivadas de la pérdida sensorial o cognitiva.

 

En segundo lugar, respecto a las familias y personas cuidadoras, los resultados muestran que constituyen la principal puerta de entrada de la tecnología en el hogar. Son ellas quienes suelen instalar, configurar y mediar el uso de dispositivos. Sin embargo, también se detecta un riesgo de sobreprotección, es decir, que en su intento de ayudar terminan sustituyendo la participación activa de la persona mayor.

 

Además, muchas cuidadoras transmiten sus propios miedos o desconfianzas tecnológicas, lo que puede frenar la adopción. Conviene recordar que el 77 % de las cuidadoras identificadas en el estudio son mujeres, lo que refleja una clara desigualdad de género en la carga del cuidado.

 

En cuanto a los profesionales, se identificó una baja prescripción digital, situada en torno al 7 %. La mayoría señala la falta de tiempo, la escasez de materiales claros y la necesidad de formación práctica como las principales barreras para recomendar o integrar herramientas digitales en su labor diaria.

 

Por otro lado, los entornos comunitarios y asistenciales —como farmacias, asociaciones locales o servicios municipales— surgen como espacios de confianza y de acceso inicial a la tecnología. En ellos, las videovisitas, los talleres y los programas de alfabetización digital muestran gran potencial, siempre que se mantenga el acompañamiento humano.

 

No obstante, el estudio también advierte algunos riesgos: la infantilización del usuario que puede afectar la confianza y la adherencia.

 

En conjunto, estos hallazgos confirman que la adopción de la salud digital no depende solo de la edad o la habilidad técnica, sino sobretodo de la utilidad percibida, el acompañamiento inicial y la confianza en el entorno.

 

¿Qué está frenando la salud digital?

 

A partir de los resultados, se identificaron diversas barreras y brechas que explican por qué muchas iniciativas de salud digital no logran consolidarse en la práctica cotidiana.

 

La primera es la brecha digital, asociada principalmente a la edad, el género y el territorio. En las zonas rurales, por ejemplo, las limitaciones de conectividad y la escasez de dispositivos dificultan el acceso. En el caso de las mujeres mayores, se observa un patrón de menor autoconfianza tecnológica, vinculado a trayectorias vitales donde el contacto con la tecnología ha sido más limitado.

 

La segunda barrera está relacionada con la accesibilidad y la usabilidad. Muchas aplicaciones presentan letra pequeña, bajo contraste visual o menús excesivamente complejos. Estos factores, aparentemente técnicos, determinan en gran medida la continuidad del uso. Cuando la interfaz no está adaptada, la persona abandona, incluso aunque reconozca la utilidad de la herramienta.

 

En tercer lugar, aparece la privacidad y la seguridad de los datos. Numerosos participantes expresaron dificultades para comprender los consentimientos digitales, temor a ser vigilados o miedo a sufrir estafas. Este aspecto resulta crucial, porque el miedo a perder el control sobre la propia información puede anular cualquier motivación inicial.

 

Finalmente, la investigación evidenció una clara desigualdad territorial entre los entornos urbanos y rurales. Mientras que en las ciudades las opciones de formación y asistencia son mayores, en los pueblos y zonas alejadas muchas personas dependen de la ayuda puntual de familiares o vecinos.

 

En conjunto, estas brechas no se limitan a un problema de acceso, sino que reflejan desigualdades estructurales más amplias: edad, género, nivel educativo y contexto geográfico. Afrontarlas requiere, por tanto, una respuesta coordinada entre profesionales, administraciones y comunidad.

 

¿Cómo lograr una implementación inclusiva?

 

A partir del análisis de los resultados, el proyecto DIGIMENTAL identificó una serie de buenas prácticas que han demostrado ser eficaces para reducir las brechas digitales y facilitar la implantación real de las herramientas de salud digital.

 

En primer lugar, se destaca la importancia del acompañamiento inicial. La evidencia muestra que cuando una persona mayor realiza su primer contacto con la tecnología guiada por alguien de confianza, la probabilidad de continuidad se multiplica. Este acompañamiento genera seguridad, disminuye la ansiedad y transforma la experiencia tecnológica en algo compartido.

 

En segundo lugar, se recomienda empezar por lo relacional. Iniciar el uso digital a través de actividades que tienen un significado emocional claro, como las videollamadas con familiares o amistades, facilita la adherencia y refuerza la motivación socioemocional.

 

Una tercera buena práctica es apostar por un diseño sencillo y progresivo. Las aplicaciones más eficaces son aquellas que presentan una acción por pantalla, utilizan lenguaje claro, iconografía reconocible y ofrecen materiales en lectura fácil. La interfaz debe adaptarse al usuario, no al revés.

 

También resulta fundamental mantener siempre una opción no digital: una línea telefónica, atención presencial o apoyo comunitario. La experiencia demuestra que ofrecer una alternativa analógica no desincentiva el uso tecnológico, sino que aumenta la confianza y evita la sensación de exclusión.

 

Finalmente, se subraya la necesidad de interfaces progresivas, que acompañen el aprendizaje paso a paso, y de entornos que valoren el ritmo individual de cada persona. La tecnología no puede convertirse en una nueva forma de presión o de comparación.

 

En síntesis, estas buenas prácticas confirman que la verdadera inclusión digital no depende tanto del tipo de dispositivo o de la herramienta, sino de cómo se acompaña el proceso, cómo se diseña la experiencia y cómo se garantiza la seguridad y el respeto a la persona usuaria.

 

¿Cuáles son algunas de estas herramientas digitales?

 

La salud digital no se limita a dispositivos tecnológicos: es un conjunto de soluciones diseñadas para acompañar, facilitar y hacer más accesible el bienestar cotidiano de las personas mayores. Estas herramientas permiten reforzar la autonomía, mejorar la seguridad, apoyar a profesionales y cuidar también a quienes cuidan. Su utilidad no depende solo de la tecnología en sí, sino de cómo se integra en la vida diaria y de cómo es acompañada por familias, cuidadores y profesionales.

 

A continuación, se presentan algunas de las categorías más relevantes y su función en el día a día: 

 

  1. Herramientas para la promoción de la autonomía: como los sensores de movimiento o de caída y los asistentes virtuales del hogar. Estos dispositivos ayudan a mantener la independencia en las tareas diarias y refuerzan la seguridad del entorno doméstico. Por ejemplo, un sensor puede detectar la falta de movimiento durante horas y enviar una alerta, o un asistente de voz puede recordar la medicación o encender la luz de forma automática. Estas herramientas ayudan a que la persona conserve control sobre su entorno, reduciendo la dependencia y reforzando la autonomía.

 

  1. Tecnologías utilizadas por profesionales de la salud y el ámbito social: La digitalización también ha transformado las intervenciones terapéuticas realizadas por profesionales.

 

  • Roboterapia: Los robots sociales se utilizan para acompañar, estimular la interacción, reducir la ansiedad y favorecer el estado de ánimo. Son especialmente útiles en contextos de demencia o soledad prolongada. La roboterapia no sustituye el vínculo humano, pero complementa la intervención ofreciendo apoyo emocional, estructura y compañía.
  • Gafas de realidad virtual (VR): La realidad virtual permite crear entornos inmersivos donde trabajar el equilibrio, la movilidad, la orientación o la relajación. Muchas personas mayores encuentran en la VR un espacio seguro donde moverse sin miedo a caerse y donde experimentar sensaciones agradables, como caminar por un bosque o recorrer lugares significativos. Para quienes han desarrollado temor al movimiento tras una caída, esta herramienta puede suponer un puente hacia la recuperación del ejercicio en la vida real.

 

Estas experiencias han demostrado mejorar el ánimo, reducir la ansiedad y favorecer la estimulación cognitiva.

 

  1. Sistemas de coordinación y gestión: Estas tecnologías están dirigidas tanto a profesionales como a centros de atención, favoreciendo una organización más eficiente y personalizada.

 

  • Software de gestión de pacientes: Permite centralizar información clínica, registrar cambios, monitorizar tratamientos y mejorar la comunicación entre profesionales. Contribuye a evitar duplicidades, errores de medicación o descoordinación entre servicios.
  • Registros de actividad y seguimiento: Son aplicaciones o plataformas donde se registran rutinas de movilidad, sueño, ejercicio, alimentación o adherencia a tratamientos. Estos datos ayudan al profesional a ajustar intervenciones y permiten a la persona mayor visualizar sus propios progresos, lo cual es motivador y refuerza la continuidad.

 

  1. Herramientas orientadas a la seguridad: La seguridad es una de las preocupaciones centrales en la vejez, tanto para la persona como para su entorno.

 

  • Relojes geolocalizadores: Muy útiles en personas con deterioro cognitivo o que pueden desorientarse. Estos dispositivos permiten localizar a la persona en caso de emergencia y establecer zonas seguras o rutas habituales. Proporcionan tranquilidad sin limitar la movilidad.
  • Sensores de caídas integrados en el hogar
    Además de los sensores personales, existen soluciones en el entorno (suelo, camas, pasillos) que detectan movimientos bruscos o ausencias de actividad. Son valiosos para hogares donde la persona pasa tiempo sola o donde no existe supervisión constante.

 

  1. Recursos para el respiro y el autocuidado: El bienestar no se limita a lo físico; también incluye la salud mental y emocional, tanto de la persona mayor como de sus cuidadores.

 

  • Aplicaciones de mindfulness, respiración guiada y relajación: Ayudan a reducir la ansiedad, mejorar el sueño y regular el estrés. Muchas ofrecen sesiones breves especialmente adaptadas a personas mayores, con explicaciones claras y ritmos lentos.
  • Foros y comunidades de cuidadoras: Espacios digitales donde quienes acompañan a una persona mayor pueden compartir experiencias, resolver dudas, recibir apoyo emocional y evitar el aislamiento. Estas comunidades fortalecen la red de autocuidado y alivian parte de la carga emocional asociada al rol de cuidador.

 

  1. Acceso a recursos e información fiable: La información es una forma de autonomía. Las plataformas de mediación informativa recopilan recursos, guías de salud, videotutoriales, servicios públicos y aplicaciones recomendadas.

 

Estas plataformas permiten que las personas mayores y sus familias accedan a contenido verificado y comprensible, evitando la saturación o desinformación que a veces generan los entornos digitales.

 

Un ecosistema de apoyo, no un sustituto del cuidado humano. La diversidad de estas herramientas muestra que la salud digital no consiste en “usar tecnología”, sino en incorporar apoyos que mejoran la vida diaria. Todas estas soluciones comparten un mismo propósito: reforzar la autonomía, aumentar la seguridad, reducir la soledad, facilitar la atención y amplificar la presencia humana allí donde no siempre puede llegar.

 

Su impacto real depende de que se introduzcan de forma gradual, acompañada y respetuosa, siempre colocando a la persona mayor en el centro del proceso.

 

La guía de buenas prácticas y recomendaciones DIGIMENTAL

 

La Guía de Buenas Prácticas DIGIMENTAL traduce los principios generales en recomendaciones concretas para cada uno de los agentes implicados: personas mayores, familias, profesionales, comunidad, sector privado y administraciones.

 

En el caso de las personas mayores, la necesidad principal identificada es la del acompañamiento inicial y el uso de un lenguaje claro. La evidencia demuestra que un primer contacto positivo con la tecnología marca la diferencia. Por ello, se recomienda empezar siempre por lo relacional, utilizando herramientas familiares (Como videollamadas o recordatorios vocales) y evitando la sobrecarga de información. La clave es avanzar con una acción por pantalla y ofrecer materiales de fácil lectura con iconos reconocibles.

 

En cuanto a las familias y personas cuidadoras, la guía señala la necesidad de apoyarlas para acompañar sin sobreproteger. Se proponen estrategias como activar sin sustituir, reducir los miedos mediante demostraciones prácticas y establecer límites claros de notificaciones o control remoto, evitando la sensación de vigilancia constante. Además, se recomienda crear guías breves y accesibles que orienten sobre cómo integrar la tecnología en la rutina del cuidado.

 

Para los profesionales del ámbito sanitario y social, el principal reto es el tiempo limitado en consulta y la falta de recursos de apoyo. Por eso, se sugiere proponer una acción simple, mantener un canal de comunicación abierto (digital o telefónico) y, cuando sea necesario, derivar al entorno comunitario para el acompañamiento inicial. De este modo, la tecnología se convierte en un complemento del proceso terapéutico, no en una carga adicional.

 

En el ámbito de la comunidad, la guía pone especial énfasis en los espacios de primer uso, como farmacias, bibliotecas, asociaciones o centros municipales. Se recomienda utilizar cartelería inclusiva, préstamo de dispositivos y grupos breves moderados por vídeo, donde los mayores puedan aprender y compartir sin presión. Estas experiencias fortalecen el tejido social y reducen la brecha intergeneracional.

 

Para el sector privado, se establece el principio de diseño senior-first, que implica probar los productos con población real antes de su lanzamiento, garantizar letra grande, alto contraste y ausencia de publicidad, y mantener una privacidad simple y transparente. En definitiva, diseñar pensando en la persona, no en el mercado.

 

Finalmente, las administraciones públicas deben garantizar políticas inclusivas y multicanal, asegurando que cualquier servicio digital tenga siempre una alternativa presencial o telefónica. La guía propone además la creación de kits descargables, la coordinación entre farmacias, municipios y atención primaria, y la promoción de campañas públicas de sensibilización que acerquen la tecnología de forma amable.

 

En conjunto, estas recomendaciones buscan que la transformación digital en demencias se construya desde la colaboración intersectorial, garantizando accesibilidad, acompañamiento y equidad.

 

Hacia una salud digital más humana y colaborativa

 

Los resultados del proyecto DIGIMENTAL permiten extraer una serie de implicaciones y oportunidades que van más allá de la investigación y que orientan el futuro de la salud digital en demencias.

 

En primer lugar, se confirma que la salud digital puede ser una aliada real para la autonomía y la calidad de vida de las personas con demencia y sus familias. Las herramientas tecnológicas, cuando están bien diseñadas, contribuyen a mantener la funcionalidad, reducir la soledad no deseada y fortalecer los vínculos sociales.

 

Sin embargo, su efectividad depende de un elemento clave: la colaboración intersectorial. Es imprescindible que los ámbitos sanitario, social, comunitario y tecnológico trabajen de forma coordinada, evitando duplicidades y garantizando la continuidad de los cuidados.

 

En este sentido, el proyecto plantea una oportunidad estratégica: replicar el modelo DIGIMENTAL en otros territorios y programas, adaptándolo a distintos niveles de complejidad y recursos. La metodología aplicada (basada en evidencia, participación y enfoque inclusivo) puede servir como referencia para la integración de la salud digital en otros contextos, desde la prevención hasta la intervención comunitaria.

 

Otra línea de oportunidad es la escalabilidad de la innovación mediante políticas públicas que garanticen acceso equitativo, conectividad y alfabetización digital. Invertir en formación, en conectividad rural y en dispositivos accesibles es invertir en autonomía.

 

Finalmente, el proyecto pone de relieve la necesidad de fortalecer la capacitación digital de mayores y familias, no solo como una competencia técnica, sino como una herramienta de bienestar emocional. Sentirse capaz de usar la tecnología, mantener contacto con los demás y gestionar la propia salud digitalmente son formas de autonomía que impactan directamente en la autoestima y la calidad de vida.

 

En definitiva, la salud digital representa una oportunidad extraordinaria para avanzar hacia modelos de atención más personalizados, más humanos y más sostenibles, siempre que se coloque a la persona (y no al dispositivo) en el centro de la innovación.

 

La salud digital en demencias: un camino posible

 

La salud digital en demencias es viable, siempre que se diseñe desde la evidencia científica y con las personas mayores en el centro. Los principales retos no son tecnológicos, sino humanos y organizativos: superar las brechas de edad, género, accesibilidad y territorio. Afrontarlas requiere voluntad política, compromiso institucional y sensibilidad profesional.

 

Pero junto a esos retos se abre una gran oportunidad. La oportunidad de construir soluciones inclusivas, sostenibles y éticas, donde la tecnología acompañe sin sustituir, complemente sin invadir y potencie sin excluir.

 

A partir de todos estos resultados, el equipo de DIGIMENTAL elaboró una Guía de Buenas Prácticas y Recomendaciones, concebida como un documento de referencia para profesionales, familias, administraciones y empresas tecnológicas.

 

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